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Semana 2: Lago Baikal, un mundo de hielo

Resumen de la segunda semana de viaje por el invierno de Siberia. El Lago Baikal nos recibe con una impresionante capa de hielo
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Una mancha negra que resulta ser un hombre, un agujero en la blanca lámina de hielo, un pez que muerde el anzuelo y acaba tieso, seco, colgado sobre fogatas que ahuman su carne para llenar nuestro estómago. Todo en Siberia parece referirse a la supervivencia, a conservar la vida incluso en entornos tan poderosos como el Lago Baikal. Pero este lago, el más profundo del planeta, concede un respiro a los habitantes de la isla de Olkhon regalándoles pescado y turismo casi a partes iguales, aunque Nikita, el hombre que nos acogió durante dos noches, afirma que sin turistas no podrían continuar viviendo en la isla los escasos habitantes, aborígenes en su mayoría, que se resisten a dejar el rincón más salvaje que hemos visitado hasta ahora.

Pero esa afirmación tiene sus matices, pues aquí vivieron durante siglos varios clanes de Buryatos y otras culturas chamánicas que veían en el Lago Baikal una conexión directa con los dioses, y tal vez sea cierta esa unión mísitica porque de no tener un favor divino, cuesta comprender de que otra forma se mantenían vivos en inviernos cuyas noches rondan los 40 grados bajo cero.

El Baikal es con diferencia uno de los lugares que mas me ha sobrecogido de todos cuantos he podido contemplar en mi corta vida, por su potencia, por su imagen subrealista que oculta una naturaleza líquida, y por lo recóndito. Llegar hasta él es haber conocido la Rusia asiática, la de casas de madera, Ladas derrapando sobre la nieve y nevadas repentinas sobre viejas estatuas de Lenin, y toda esta escena que trato de describiros comienza en Tomsk, la antigüa capital siberiana que hoy es famosa por conservar la arquitectura típica de la región y por haber estudiado en su universidad Mijail Bakunin, padre del pensamiento anarkista. Hoy esa anarkía solo reina en el tráfico y los edificios de madera aguantan a malas penas, pero contra todo pronóstico, siguen habitados. Incluso las casas con el tejado partido en dos, muestran indicios de vida en el interior.

La parada en Tomsk era casi obligatoria para poder ducharnos después de tres días, aunque por cuestión de la conexión de los trenes acabamos teniendo que dormir en la estación. Una noche de las típicas en todo gran viaje. En esta parte del Transiberiano seguimos sin encontrar ningún mochilero en el tren, aunque una vez llegamos a Irkutsk, el turismo comenzó a intuirse en el "inglés" de los taxistas. Naturalmente nuestra cabezonería desembocó en una irremediable caminata de 5 kilómetros aliñada con la nevada pertinente y ambientada en 25 grados bajo cero. En un cruce de la avenida principal, la estatua de Lenin señalaba con el gesto clásico nuestro humilde alojamiento de 5 euros la noche. Irkutsk no es una ciudad con ningún atractivo más allá de una gran contaminación, y si recorrimos más de 4.000 kilómetros para llegar hasta ella es porque desde aquí solo faltaban 6 horas de un complicado trayecto hasta el mencionado Lago Baikal.

En medio de Siberia se ve un lago congelado, en medio de ese lago se ve una isla, y en medio de esa isla estamos nosotros en el pueblo de Khuzir. Probar a ampliar en Google Maps, tal vez salgamos con cara de estar pasando mucho frío porque en la gélida costa la temperatura ronda los -32. Parecido a Benidorn. Llegamos hasta allí tras varias horas de autobús y la típica situación en la que no te estas enterando de nada pero intuyes que lo que pretenden es que te metas en un artilugio para deslizarte sobre el hielo hasta la isla y allí, de nuevo entre palabras que no entiendes, acabas metido en la típica furgoneta rusa capaz de avanzar en cualquier circunstancia. A todo esto tus mochilas no sabes muy bien donde están pero llegarán, siempre acaban llegando. El camino se hace pesado a medida que el vaho forma una lámina de hielo y los cristales se vuelven opacos, pero eso provoca una llegada casi triunfal cuando pones los pies en la tierra y a tu alrededor encuentras la autenticidad hecha pueblo, la lejanía convertida en presente, y los horizontes se vuelven cercanos con la primera bocanada de hielo camuflado de aire. Esa primera respiración duele, la segunda despierta, las próximas congelan la barba y crean una conexión total con el entorno. Tratas de fijar la mirada en todos los rincones del espacio para buscar algún detalle y siempre encuentras la misma capa de hielo gobernando la vida. Cursiosamente, lo que te hace feliz es un instante de sumisión ante una naturaleza sumamente poderosa.

Podríamos hablar de que el lago encierra un gran misticismo, todas las tribus siberianas lo consideraron sagrado e incluso Carlos Castañeda habla de él como el principal punto magnético de la tierra. No soy entendido en la materia pero cada vez que Aris y yo nos acercamos el uno al otro el calambre no solo se siente sino que restalla levemente en el aire. Palabra. También podríamos extendernos sobre Shamanka, o la Roca del Chamán, un punto superior dentro de la veneración al lago y donde algunos afirman que está enterrado Gengis Khan, o hablar sobre la costumbre ancestral de colocar en los árboles pañuelos de colores cada uno con una oración diferente al estilo tibetano. Todo ello daría para varias horas de escritura y fascinación, pero me conformo con tratar de describir la propia imagen del Lago Baikal, porque si algo tiene este lugar es una inmensidad tan profunda que rompe con lo físico sin necesidad de mitos o leyendas, con una simple panorámica te demuestra más que cualquier otra explicación, que como ser humano no eres más que un simple tozo de mierda que se retuerce al más mínimo soplo de ventisquero, lloriqueando por un frío que para cualquier otro elemento del entorno, es algo puramente cotidiano.

Aunque una imagen vale más que la más pretenciosa palabrería, hay un dato que confío os hará imaginar la magnitud de este lugar: El Lago Baikal posee el 20% del agua dulce del planeta, y tiene tanta agua que si le hiciéramos un agujerito para vaciarlo, la superficie de toda la tierra quedaría inundada 20 centímetros. Ahí es nada. A eso sumarle que mide 630 kilómetros, que tiene 1.600 metros de profundidad, que más de 1.500 especies de seres vivos habitan en el, que yo intenté bailar breakdance sobre el hielo y fue lamentable...

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03 Jul, 2016
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