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Semana 1. Transiberiano, conocer el frío

Primera semana de viaje en tren desde Moscú hasta Tomsk, el corazón de Siberia
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Escribo junto a la ventana del tren mientras en el horizonte se hace grande uno de los territorios menos ahondados por el hombre: Siberia. Hace 8 días que salímos de casa con una mochila delante y otra detrás, con una cámara protegida contra el frío, y las sed de explorar tan viva como siempre. Días atrás nos envolvió la historia en la Plaza Roja de Moscú, ahora solo puedo ver árboles que se elevan fantasmagóricos sobre la nieve, eternos en el espacio. Días atrás entramos en el Kremnlin, paseamos junto a la tumba de Lenin, y reímos con el peculiar trato humano del pueblo ruso hacia los extranjeros. Ahora el vacío lo forman impertérritos abetos de cortezas blancas y ramas cargadas de espuma brillante. Días atrás entrábamos en una ciudad prohibída para los extranjeros hasta hace 25 años, nos alojabamos con un matrimonio humilde hambriento de mostrarnos su mundo real, y escapábamos 200 kilómetros hacia donde nunca hubo escape: el Gulag. El campo de concentración soviético, la mancha negra en la esperanza roja. Ahora kilómetros de ausencia humana indican que todo está más vivo y auténtico, que el planeta respira bocanadas de aire frío, que hemos cruzado los Urales, que la fría ciudad de Tomsk nos espera en el corazón de Siberia central.

Como digo, el Transiberiano deja a su paso mudos observadores de maderas tiesas sobre un lecho de nieve virgen, manchada unicamente por pequeñas huellas de algún animal y tímidas casas de madera esparcidas a kilómetros de distancia, afuera el hombre batalla por la supervivencia como lo hace el lobo. La eternidad terrenal corta la respiración y deja al viajero recordar en paz, pensar en lo que lo ha traído hasta aquí en pleno invierno, y hacer recuento de las maravillas que la cámara ha recogido en tan pocos días. Primero fue la imponente Plaza Roja custodiada por las murallas del Kremnlin, así confirmamos encontrarnos en el centro de Moscú. En medio de tan importante lugar para la historia y tan solemne arquitectura, la descarada Catedral de San Basilio parece restarle importancia a todo con sus bóvedas coloridas como si en vez de un templo, fuese un arlequín desafiando a la seriedad. Como pasa siempre, su rebeldía atrae las miradas de todos. También lo hace, pero de modo más respetuoso, la tumba de quien derrocó la dinastía de los zares para instaurar el primer estado comunista que la humanidad haya conocido. Vladimir Lenin ocupa un lugar preferente bajo el suelo de la plaza que tantas tropas del cambio vió desfilar, justo en frente de las galerías comerciales más lujosas de Moscú. ¿Quién le iva a decir que estaría enfrentado al capitalismo incluso después de su muerte?.

Tal vez por la Unión Soviética o por la bastedad de su territorio, Rusia tiene un carectar curioso como pocos he visto en el mundo. El estereotipo de hombres serios, duros, con una sonrisa que ni está ni se le espera, desaparece al tiempo que aparece la cámara y nos oyen hablar. Los extranjeros hacemos bajar la guardia a los hombres de hielo y todo se vuelve un divertido caos que va en aumento al comunicarnos en un idioma incomprensible para ambos, pero ellos te muestran sus objetos, enseñan fotografías en su teléfono movil, y cuentan historias que evidentemente no podemos comprender. En el tren, varias personas reconocen la voz de un extranjero y se acercan a charlar, dándonos huevos duros, comprándonos un helado, y explicando por señas y fotografías que trabajan como constructores de un puente en Vladivostok o tienen una granja de patos a orillas del Volga. ¿Por qué una personas tiene tanto entusiasmo en contar sus cosas a quien no entiende ni una palabra?. Parece de necios, pero en ese comportamiento aprecio la necesidad de apartar la soledad que ellos mismo se inflingen, porque entre rusos el trato es arisco rozando lo hostil, y el extranjero es una válvula de escape que les permite humanizarse. Rusia está a solo unas horas en avión de cualquier parte de Europa, pero el aislamiento (para bien o para mal) se nota cuando te preguntan insaciablemente sobre tu vida o te piden una fotografía para enseñar a la familia, siempre desde un respeto y una nobleza que conquista.

Nuestra ruta tras esos momentos de confraternización hizo parada en Perm, el centro armamentísitico más importante durante la URSS. Una mujer que contactamos por Couchsurfing nos alojó en su casa después de preguntarnos por qué un extranjero viene a Perm, cuando según ella, es un lugar deprimente sin nada que ver. No podemos hablar maravillas de esta ciudad, es cierto, pero a 200 kilómetros en medio de la taiga se encuentra una aldea de 4 casas llamada Kutchino, hasta allí llegamos después de negociar que un coche nos ayudase a llegar y volver por 20 euros. Los caminos están completamente cubiertos de nieve, las casas tapadas hasta la mitad, y sobre un lago congelado dos figuras están pescando. El coche para delante del motivo de nuestra visita y nos indica que podemos bajar. A nuestro lado pasan tres personas sobre raquetas, dos llevan escopetas y el tercero nos ofrece una bandeja con huevos duros, no entendemos ni una palabra pero por las vestimentas y el entorno creemos que se trata de cazadores o comerciantes de pieles, algo totalmente natural por aquí. Al momento se acerca un policía y nos hace gestos para explicar que no podemos entrar con mochilas, que tendremos que dejar la cámara en la entrada ya que no se puede grabar ni hacer fotografías. Este lugar no tenía la entrada prohibida porque hasta hace 20 años oficialmente no existía, se trata de PERM 36, el último campo de trabajos forzosos accesible en toda Rusia, el único Gulag convertido en museo.

Explicar la historia de estos campos sería comenzar un debate tan eterno como inexacto. Es durante el mandato de Josef Stalin en la URSS cuando se crea la red Gulag, campos de trabajo donde eran llevados los prisioneros durante un tiempo indefinido dependiendo del delito cometido. A diferencia de los campos de concentración nazis, las personas no eran enviadas a morir, sino a realizar trabajos forzosos, y a partir de aquí toda información está sujeta a la ideología de cada uno. Habría que preguntarse quienes eran enviados a los campos, por qué motivos, durante cuanto tiempo, en qué condiciones estaban, y lo único que parece importar, ¿cuantos fueron los condenados?. Los que comulgan con la obra de Stalin sostienen que no existieron tantos Gulag y que en estos solo había criminales, asesinos y personas que trataban de crear un golpe de estado entregando el país a las fuerzas occidentales para terminar con el comunismo. Hablan de unos pocos miles de muertos, unos muertos necesarios y justificados. Los fervientes detractores de Stalin elevan la cifra a varios millones, la gran mayoría encarcelados por sus ideas, por opinar diferente al régimen o por ser considerados espías. Estos observan el sistema Gulag como un lugar sin salida donde se dejaba a la gente morir de frío, y en los que se eliminó a la mitad de la población para acabar con los problemas de hambre . La lectura de difrentes fuentes es gratuita y la lectura de la historia es libre, que cada cual busque su postura. La nuestra fue llegar a un lugar que sí existe y conocer desde dentro las condiciones del campo, no explicar quién estaba allí.

Barracones mínimos para 250 personas, camastros de madera escasos para una sola persona en los que debían dormir hasta 4 individuos, letrinas comunes cavadas en el suelo que se convertían en focos de podredumbre, trabajos en las minas que provocaban ceguera, y cuartos con los cristales rotos en los que el frío penetraba hasta los huesos. La historia es debatible, la temperatura extrema de la zona no. Pocas cosas hay más importantes que las ideas, pero una de ellas es el sentido humanitario. A nosotros nos costaba respirar cada segundo que pasabamos en aquel lugar, la sensación de claustrofobia era angustiosa a pesar de ser los únicos moradores de aquel campo, y nuestras ropas caras nos permitían protegernos del intenso frío reinante en la zona. Cada cual sabe lo que está dispuesto a perder por defender una idea, unos pueden perder la libertad y otros la dignidad, pero nunca debe perderse la razón.


Ahora tras el cristal solo existe Siberia. Muda, poderosa, real. Solo alcanzo a ver vacío. Blanco, limpio, que congela los pulmones. Solo demuestran su intensidad de vida los árboles equilibristas, los animales sigilosos. Los hombres y su soledad.

20 Bajo cero en Omsk

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25 Sep, 2018
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