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"La casa, pintada de azul por dentro y por fuera, parece alojar un poco de cielo."

El poeta Carlos Pellicer, sobre la Casa Azul


Diego estudió el códice Badiano para poder pintar las plantas prehispánicas en sus murales. Por su lado, Frida consultaba constantemente libros sobre botánica. Así, el jardín de la Casa Azul fue decorado con gran variedad de cactáceas (magueyes, nopales, viejitos, biznagas, yucas) entre las que Rivera colocó diferentes piezas prehispánicas de su colección. 

Con el paso de los años, se ha convertido en un jardín fresco y sombreado por grandes árboles como truenos, fresnos, jacarandas, una palma y un tepescahuite, entre otros. La sombra actual tiene muy poco que ver con el terreno soleado y de poca vegetación que Diego compró originalmente. Sin embargo, recuerda la flora que había en el tiempo en que habitó la casa el matrimonio Rivera-Kahlo.

A finales de los años treinta, cuando llegó a México el político ruso León Trotsky, Frida y Diego ampliaron el jardín de su casa para darle asilo y garantizar su seguridad. En medio del espacio, Rivera mandó construir una pirámide con escalinata a tres niveles. En la sección inferior se empotraron cráneos tallados en basalto y se colocaron piezas arqueológicas. Una palapa alta, a la usanza de las culturas prehispánicas, cubría esa parte de la pirámide así como las piezas arqueológicas que se encontraban sobre ella. En el área del jardín también se edificó una habitación pequeña. En su frente se empotraron piedras con la efigie de Tláloc, dios de la lluvia, y, en dos esquinas, unas cabezas de serpiente. El estanque enfatiza la alusión a los símbolos del agua y la fertilidad.

Este espacio guarda el estilo de las cocinas antiguas. Muchas de las piezas de arte popular que lo decoran no se realizan más. Aunque en la época en que Diego y Frida vivieron aquí ya se usaba la estufa con gas, ellos preferían cocinar a la manera antigua, con leña. En esta cocina se prepararon platillos tradicionales prehispánicos, coloniales y populares, entre ellos algunos que Lupe Marín -primera esposa de Diego- enseñó a Frida a preparar. 

Desde el momento en que se instalaron en la Casa Azul de Coyoacán, Frida y Diego, utilizaron y coleccionaron muestras de arte popular. El comedor se conserva tal y como Frida y Diego lo decoraron. Los trasteros de madera y el piso pintados de amarillo congo iluminan el espacio. En las esquinas cuelgan los judas de papel maché de la artesana Carmen Caballero.

En esta parte de la casa -diseñada por Juan O’ Gorman en 1944- se preservan los materiales de trabajo de Frida: los pinceles, el caballete, el espejo que la pintora utilizó para sus autorretratos y los libros de historia, literatura, arte y filosofía -muchos de ellos intervenidos con su poesía y sus dibujos- que la descubren como una artista de una gran curiosidad intelectual. Al mismo tiempo, la admiración que sentían Diego y Frida por las culturas precolombinas se refleja en las piezas prehispánicas que adornan este espacio. De igual manera hay frascos de barniz y de perfume que la artista usaba como recipientes para sus pinturas.

En la recámara que Frida usaba de día, puede verse el espejo que su madre mandó colocar en el techo de la cama después del accidente y una fotografía de la artista pintando. Sobre la cama descanse su máscara mortuoria, realizada por el escultor Ignacio Asúnsolo, y en la cabecera luce un óleo del siglo XIX -el retrato de un niño muerto-, que inspiró a Frida para hacer su obra El difuntito Dimas Rosas.


Óleo / tela
61 x 47 cm

Para esta tela, Frida toma como modelo un autorretrato fotográfico de su padre hecho en 1925. En esa imagen, Guillermo escribió de su puño y letra: “De cuando en cuando, recuérdense del cariño que siempre les ha tenido su padre, Guillermo Kahlo”. En la pintura de Frida, el padre aparece junto a una cámara fotográfica, aludiendo a su profesión de fotógrafo. Un fondo de células parece hacer referencia al microscopio que Guillermo le regalara a Frida cuando ella tenía 8 años.

La pintura lleva una dedicatoria en la zona inferior, como se acostumbra en los exvotos: “Pinté a mi padre, Wilhem Kahlo, de origen húngaro-alemán, artista fotógrafo de profesión, de carácter generoso, inteligente y fino; valiente por que padeció durante sesenta años epilepsia, pero jamás dejó de trabajar y luchar contra Hitler. Con adoración, su hija, Frida Kahlo.”

El cuadro no está fechado, pero existe una fotografía de Frida publicada en junio de 1951, en una entrevista para el periódico Novedades, en la que aparece la artista y este cuadro casi terminado. 

Óleo / tela / masonite
59 x 79 cm

Frida trabajó este cuadro en distintas ocasiones y jamás lo concluyó. La artista lo retomó durante su estancia en el Hospital Inglés de la Ciudad de México, en 1950, y en 1954, poco tiempo antes de morir.

Del lado izquierdo de la tela aparece el padre de la pintora, Guillermo Kahlo. En la parte superior, Frida pinta a los abuelos paternos de origen húngaro alemán. De lado derecho se ve a la madre de Frida, Matilde Calderón González y González (1876-1932), hija de Antonio Calderón –fotógrafo de origen purépecha- y de Isabel González y González, descendiente de un general español. En la parte inferior de izquierda a derecha, aparecen las hermanas de Frida: Matilde (1898-1951), Adriana (1902-1968), Frida misma, Cristina (1908-1964), y los hijos de ésta: Isolda (1929) y Antonio (1930-1974). La figura de un bebé aparece también.

Óleo / tela
73 x 62 cm

Se sabe que Frida nunca se sometió a una cesárea, sin embargo, el título de este cuadro se debe a la posibilidad -sugerida por los médicos que la atendieron- de que la pintora podría dar a luz mediante una intervención quirúrgica de este tipo si lograba que el feto viviera hasta el punto de ser independiente. En Frida y la cesárea aparece uno de los temas recurrentes en su producción plástica: su enorme deseo de ser madre.

La pintura está inconclusa. No tiene firma ni fecha. El título es incierto y es probable que esta tela se haya realizado en 1932, año en el cual Frida sufrió serios problemas ginecológicos.

Óleo / masonite
52 x 72 cm

Ocho días antes de morir, Frida Kahlo mojó el pincel con pintura de color rojo sangre y, en la carne carmesí de la primera rebanada de sandía, agregó su nombre, la fecha y el lugar de realización: Coyoacán, México. Luego en mayúsculas, plasmó: “VIVA LA VIDA”. A pesar del deteriorado estado de salud de la artista, el título de esta obra constituye un homenaje a la férrea determinación de vivir.

Óleo / lámina
63 cm de diámetro

En 1942 el entonces presidente de la República Mexicana, Manuel Ávila Camacho, solicitó a Frida Kahlo una naturaleza muerta para decorar el comedor de la residencia oficial. Sin embargo, la Primera Dama la rechazó por encontrar en la tela demasiadas sugerencias eróticas.

Al abrirse el archivo de la Casa Azul, décadas después de la muerte de la pintora, se descubrió un dibujo de Frida: el diseño del marco de esta pintura, inspirado en la forma de una matriz.


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