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Francisco de Quevedo

Poeta
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Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera Sombra que me llevare el blanco día, Y podrá desatar esta alma mía Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera Dejará la memoria, en donde ardía: Nadar sabe mi llama el agua fría, Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, Venas, que humor a tanto fuego han dado, Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado; Serán ceniza, mas tendrá sentido; Polvo serán, mas polvo enamorado.

A una dama bizca y hermosa

Si a una parte miraran solamente vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran? Y si a diversas partes no miraran, se helaran el ocaso o el Oriente.

El mirar zambo y zurdo es delincuente; vuestras luces izquierdas lo declaran, pues con mira engañosa nos disparan facinorosa luz, dulce y ardiente.

Lo que no miran ven, y son despojos suyos cuantos los ven, y su conquista da a l'alma tantos premios como enojos.

¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista a que, siendo monarcas los dos ojos, los llamase vizcondes de la vista?

Soneto amoroso

A fugitivas sombras doy abrazos; en los sueños se cansa el alma mía; paso luchando a solas noche y día con un trasgo que traigo entre mis brazos.

Cuando le quiero más ceñir con lazos, y viendo mi sudor, se me desvía, vuelvo con nueva fuerza a mi porfía, y temas con amor me hacen pedazos.

Voyme a vengar en una imagen vana que no se aparta de los ojos míos; búrlame, y de burlarme corre ufana.

Empiézola a seguir, fáltanme bríos; y como de alcanzarla tengo gana, hago correr tras ella el llanto en ríos.

A Dafne, huyendo de Apolo

«Tras vos un Alquimista va corriendo, Dafne, que llaman Sol ¿y vos, tan cruda? Vos os volvéis murciégalo sin duda, Pues vais del Sol y de la luz huyendo.

»Él os quiere gozar a lo que entiendo Si os coge en esta selva tosca y ruda, Su aljaba suena, está su bolsa muda, El perro, pues no ladra, está muriendo.

»Buhonero de signos y Planetas, Viene haciendo ademanes y figuras Cargado de bochornos y Cometas.»

Esto la dije, y en cortezas duras De Laurel se ingirió contra sus tretas, Y en escabeche el Sol se quedó a oscuras.

Érase un hombre a una nariz pegado

Érase un hombre a una nariz pegado, Érase una nariz superlativa, Érase una alquitara medio viva, Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado. Érase un elefante boca arriba, Érase una nariz sayón y escriba, Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera, Érase una pirámide de Egito, Los doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito, Frisón archinariz, caratulera, Sabañón garrafal morado y frito.

A Celestina

Yace en esta tierra fría, Digna de toda crianza, La vieja cuya alabanza Tantas plumas merecía.

No quiso en el cielo entrar A gozar de las estrellas, Por no estar entre doncellas Que no pudiese manchar.

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23 Jan, 2015
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